La dama oceánica

viernes, 17 de octubre de 2014

Veneno por sangre, sangre por veneno

He recorrido millas y millas, he cruzado oceános para huír. Porque asumí que los verdugos de ojos dulces y enloquecidos que me perseguían tras cada esquina estaban en las esquinas de mi ciudad.

Pero no. Están en mis esquinas, y no importa las millas que recorra, los océanos que cruce en esta tierra enferma de belleza. Tengo que andar millas por dentro, tengo que ahogarlos en otro tipo de océano. Y eso yo no tengo el poder para hacerlo. Y las drogas tampoco sirven de nada.

Joder, ¿por qué tiene todo que ser tan bonito, tan sencillo y tan real? ¿Por qué no puedo decirme que el amor no existe y quedarme tan pancha y en paz y reírme de las vidas de los demás como cualquier otra amargada? Existe, claro que existe, hay que estar muy ciego o ser muy tonto para no verlo. El amor está ahí fuera salvando a la gente a diario. Y yo estoy aquí dentro.

Que ni quiero ni puedo ni me da la gana de hacer nada más que quejarme ya lo sé, no necesito que me lo eches en cara. Que nunca abro la puerta, estoy cansada de oírlo. Que sí, que padezco de una severa agorafobia emocional. Que voy por la vida sintiendo a trompicones de hombre ebrio, eso también lo sé. Yo no quiero que me pases la ITV. Quiero que me digas que me quieres aunque no me quieras, aunque te vayas poco después. Me he cansado de oír que soy bonita de labios de esos gilipollas que ni siquiera me conocen, quiero que tú (que no me lo has dicho nunca y nunca me lo dirás, porque me conoces demasiado bien) me cojas de la cintura y me mires a los ojos y me llenes de cosas, y luego cuando me dejes vacía, al menos estaré limpia y no llena de mierda como estoy ahora.

Tira la puerta abajo a hachazos y quédate un rato, podemos ver pelis de ciencia ficción en mi sofá desgastado de tanto usarlo solo para dormir, o puedo leerte en voz alta sagas enteras si eso va a hacerlo más largo. En cuanto te vayas, pondré una  puerta nueva y parecerá como si no hubieras entrado nunca. Aquí donde me ves, soy una carpintera de primera clase.


Y esque al igual que en casa del herrero, cuchillo de palo, en mi taller de carpintería me gusta usar metales pesados.

海♡

jueves, 16 de octubre de 2014

La Casa del Sol Naciente (#NeminisTerra)




A Jay, con amor todavía. A estas alturas aún espero que, estés donde estés, no sea La Isla.




Todos los mundos nacen de las tinieblas y todos terminan de la misma forma. El corazón no es diferente. (...) Como puedes ver, la oscuridad es la verdadera esencia de los corazones.”

-Ansem El Sabio, Kingdom Hearts 1



RUMBO A LA ISLA


No siento miedo. Si no fuera por un cierto alivio que va rellenando el espacio vacío que la sangre va dejando en mis venas, diría que no siento nada. Cierro los ojos en la bañera ensangrentada, sólo un instante. No quiero perder la consciencia antes de que me llegue mi hora. Cuando vuelvo a abrirlos, sólo me rodea un inmenso bosque de cerezos que cubre toda esta isla en la que parezco hallarme. Más allá, el océano. Nada más. Está lloviendo, y hace tanto frío que el aire huye de mis pulmones y se me escapa en densas volutas de vaho. Comienzo a caminar, sin dirección alguna, y descubro que algunas partes del terreno, las más altas, están cubiertas de hielo y nieve, y carámbanos y estalactitas cristalinas copan los árboles en flor. Algo me dice que los cerezos de este bosque jamás dan fruta. Los lobos campan a sus anchas y aparecen de entre la niebla cuando menos me lo espero para saludarme en silencio. Resuenan sus aullidos, pero sólo a lo lejos. Ahorcados se mecen aquí y allá. No en vano es esto un bosque. Todo lo demás es silencio, tanto que puedo oír el flujo de mi propia sangre por mis venas rasgadas. Mi corazón late, imparable pero cansado, y, con cada vez que palpita, no me hace sentir más cerca de la muerte. No, eso me tranquilizaría. En cambio, cada latido me recuerda que estoy dolorosa e innegablemente viva.



Pero no importa, porque sé que, muy pronto, yo también me meceré en la brisa de La Isla. Y, cuando mi cuerda se pudra, seré pasto de los lobos.


He cruzado el Portal.




Prólogo



Abro un ojo. Pero a mi alrededor solo percibo una negrura inescrutable.



Alzo mi mano y enciendo una cerilla. No llevaba la cerilla en la mano, no tenía una caja en el bolsillo. Simplemente, siguiendo algún extraño instinto, extiendo los dedos y, al realizar con mi muñeca el rápido gesto con el cual rascas una cerilla para encenderla, una cerilla se enciende en mi mano.


Una de las muchas voces en mi interior grita por encima de todas las demás que esto no es algo que ocurra en el mundo en el que siempre he vivido.

Estoy muerta. Se hace el silencio entre las voces. Ya no es necesario que esta grite.

Estoy muerta. Estás muerta, Samantha, me dice la única voz que puedo oír a este lado. ¿Tal vez por fin me haya encontrado a mí misma?

Mi cerilla se extingue entre mis dedos.


Me parece extraño lo denso que es todo. ¿Estoy debajo del agua? Pero acabo de encender una cerilla. Bajo el agua no es posible encender un fuego. Al menos, en el mundo de los vivos. Decido impulsarme hacia (lo que mi intuición me dice que es) arriba, en la completa oscuridad, a través de la extraña materia que me rodea. Casi parece que la negrura se haya materializado y formado esta especie de líquido denso y salado.



Me extraña no necesitar respirar desesperadamente, no sentir miedo. Los seres vivos necesitan, los seres vivos respiran y sienten miedo, me digo. Pero tú ya no estás viva.



I: ¿Lo llamamos renacer?


Al final terminé por emerger. Miré hacia el cielo. Tan cubierto y oscuro que las nubes, en lugar de vapor, parecían plomo en estado gaseoso. Me di cuenta de que efectivamente, estaba en el agua. Era un día de bastante oleaje, en un océano turbio a juego con el firmamento, de una tonalidad brillante que me recordó a las joyas de azabache y plata que mi abuela solía coleccionar.

Algo iba mal. Yo había estado aquí antes. Yo conocía este olor. Como impulsada por un resorte, me giré y miré a mis espaldas.

La Isla. El hielo, los acantilados, los cerezos, los aullidos. Todo era real. Estaba en La Isla. No era solo un delirio de moribunda. No necesité decidir. Mis brazos eligieron por mi, y cuando terminaron de impulsarme hacia el acantilado entre las olas, comenzaron a escalar. Sin prisa, pero sin pausa. Sin dolor. Pero a medio camino hacia arriba noté movimiento a mi alrededor por el rabillo del ojo, y mi propia conciencia retomó el control, y me detuve para mirar ambos lados.

Eran los suicidas. Estaban por todas partes. Y todos estaban escalando, como una de esas hordas de zombies de las películas. También vi a algunos nadar. Pero lo que más me impresionó es que si te fijabas bien, no tenían la más remota semejanza con los zombies de las películas. Tenían un objetivo, una determinación indestructible. Algunos lo celebraban, muchos dejaban escapar exclamaciones de júbilo y se ayudaban entre ellos. Agitaban los puños en el aire, reían, aullaban a coro con los lobos.

Lo habían conseguido y ahora eran libres.

Y yo también. Lancé mi cabeza hacia atrás, y aullé hasta que no quedó ni un poco de aire en mis pulmones, ni una sola cadena en mi mente que me atara a la cordura, a las normas del mundo que había conocido antes. Ahora estaba en La Isla. Entonces, recuperé la concentración y continué escalando con una sonrisa en mis labios que cualquiera fuera de este lugar habría calificado como “maníaca”.



II: No estáis solos



Llego a la cima y echo una ojeada a mi alrededor; todos parecen sentirse tan fuertes y tan libres como yo. Invencibles, eso somos. Todos tenemos mucho en común, y se nota. Con medias sonrisas de complicidad y triunfo nos miramos unos a otros, nos entendemos sin palabras.


Los renegados del reino de los vivos tenemos nuestros propios dominios, y nos encantan. Turbios, oscuros, fríos, perfectos... un poco para todos los gustos. Ahora mismo se ven mucho más brillantes y primaverales que en mi visión, sin embargo. En fin. A juzgar por la incandescencia que veo en lo más hondo de los ojos de todos mis nuevos vecinos, no creo que en esta tierra exista el pecado.

De repente, me apetece fumarme un cigarro.


Sé que a ninguno de ellos les importa lo más mínimo el cáncer de pulmón. “Si te mata, que te mate. Tanto mejor.”

O al menos así habrían sido en vida.



III: ¿Pastillas? ¿Sangre?



Alguien golpea apremiantemente mi hombro con su dedo.


-Disculpa, eh, oye, perdona. Oyee. -me giro y veo a un chaval que será un par de años menos que yo. Ojos de color azul, pelo oscuro, más bien largo y un poco grasiento. No demasiado alto, vestido totalmente de negro, con pantalones de deporte y zapatillas de skate demasiado anchas y muy desgastadas.

-¿Hola? ¿Te has perdido o qué? -El mocoso este me acaba de cortar el rollo por completo. Al verme, su expresión ha cambiado: ahora me mira con cierta displicencia.

-Ts. ¿Y tú que haces aquí? Tienes una pinta de estirada que no puedes con ella. ¿Que fue? ¿Pastillas?

-Me rajé las venas, gilipollas. ¿Sorprendido? Apuesto a que te desmayarías si vieras la escena. ¿Y tú qué? A ver, demuéstrame cuán valiente eres.

-Un tiro. Un tiro en el costado. No era plan de traumatizar a la abuela con bañeras llenas de sangre. Muy dramático para mi gusto.

-Menudo payaso.

-No me gustas,...

-Samantha. Me llamo Samantha.

-...Samantha.

-¿Pues sabes qué? Tú tampoco me gustas a mí, Ángel. -el nombre salió solo de mi boca.

-¿Cómo sabes mi nombre?

-Tienes una cara de Ángel que no puedes con ella. - Le espeté. Luego me di la vuelta y dejé de malgastar mi tiempo con él.


III: Tinta



Supongo que siempre puedo preguntarle a alguien más que no sea la inútil esta. Esta chica me irrita. Pero el orgullo siempre me gana la batalla, y está decidido a que sea yo el que diga la última palabra. Mi mano salta y aterriza alrededor de su muñeca, impidiéndole alejarse.

-Espera, necesito preguntarte algo. -ella se gira con un movimiento exasperado de su larga melena rubia.

-Dispara. -hace una pausa y me mira con unos ojos pardos llenos de cinismo- ¿Lo pillas? ¡Dispara! Há.-ignoro la referencia a mi muerte autoinfligida y me subo la manga izquierda.

-¿A ti también te ha... salido, por así decirlo, un tatuaje? - le muestro el dibujo en mi antebrazo, y ella lo observa con atención. Un lobo. Ignora mis cicatrices por completo, se centra en la tinta. Por supuesto, las cicatrices inconfundibles que deja la autolesión no impresionan a ningún suicida.

Entonces ella también se sube la manga.

Ninguna cicatriz. Ni siquiera se chutaba nada, como muchos de los que he visto subir a la par que nosotros, juzgando por las apariencias. Solamente un lobo, pero el suyo es diferente. Levanta la mirada y sus ojos encuentran a los míos. Ya no queda en ellos ni rastro de su arrogancia de hace unos momentos. Sólo pánico contenido.

-Ángel, yo no me he tatuado esto.

-Yo tampoco, qué quieres que te diga.

-¿No entiendes la gravedad del asunto? ¿De dónde han salido? ¿Crees que somos los únicos que los tienen? ¿Qué significan?

-Estás muerta. ¿Tanto te importa? - supongo que la miro como si estuviera loca mientras me encojo de hombros y me giro para continuar andando. Bah. Ya me ha dicho lo que quería saber.


IV: La Casa Del Sol Naciente

Aquí estamos todos. Reunidos en la Casa del Sol Naciente. Por supuesto, la Casa del
Sol Naciente no es ninguna casa, solamente un claro en el bosque donde las ramas de los árboles que lo bordean se han trenzado para formar una curiosa cúpula. Pero la misteriosa chica que nos ha conducido hasta aquí y que ahora está sentada sobre una rama balanceando sus pies calzados con unos botines negros de cordones sobre nuestras cabezas la ha llamado “la Casa Del Sol Naciente”, así que supongo que ese es su nombre.

-A ver, atendedme, atendedme todos. Bienvenidos a La Isla. Mi nombre es Sam, y soy el Santa Claus de todos los suicidas. ¡La Navidad os ha llegado temprano este año, chavales! En lugar de ir al Infierno, os toca pasar toda la eternidad aquí, en mi pequeña creación literaria. Limbo particular, por cortesía de Sam Umi Kuchiki. - da un par de palmadas a la rama en la que está sentada, mientras barre la estancia con sus ojos castaños oscuros brillantes del orgullo y delimitados de oscuridad inescrutable. Después sacude su ondulada melena negra con resolución y dice...- ¿Preguntas?

Un clamor de voces se erige entre los presentes en cuestión de segundos.

-Pero seréis desagradecidos... - nuestra anfitriona suspira resignada mientras niega suavemente con la cabeza. - A ver, tú. -señala hacia Ángel- Dime qué te pica.

-¿Cuáles son las normas? ¿Y la organización política? ¿Quién manda?

-Estáis de suerte. A diferencia del Cielo y del Infierno, en mi Isla el trono está desierto. Claro está que podría haberme autocoronado, ya que todo lo que veis a vuestro alrededor es puramente obra mía, -el orgullo en su voz se acentúa- pero... Sería una pena que unas mentes tan fascinantes como las vuestras tuvieran que someterse a nadie. Sois plenamente libres. Lo único que no se os permite es alterar mi creación. Por lo demás, en La Isla ni siquiera las leyes de la física se aplican. Ya sabéis lo que dicen algunos ineptos en el mundo del que provenimos... “Si puedes soñarlo, puedes hacerlo”. Pues bien, me he tomado el privilegio de hacerlo realidad para vosotros. Adelante, comprobadlo. - Levanta una mano, y sopla entre sus dedos. Lo que parece una rosa blanca surge en su mano. - Lo de soplar es solo por darle un toque efectista, por cierto. - Guiña un ojo con complicidad. - Os está permitida la destrucción de cualquiera de vuestras creaciones o las de vuestros semejantes, pero no dañar el paisaje o las criaturas de mi Isla. ¿Queda claro? - y mientras dice estas palabras va rasgando la rosa con sus dedos en pequeños pedacitos. Luego sopla de nuevo, y una lluvia de miles de trozos de papel cae sobre nosotros. Miles. Tantos que parece una nevada. Muchos más de los que había en la cuenca de sus manos. Me quedo mirando fascinada como esta nieve de papel cae despacito hacia el suelo, y una pregunta me cruza la mente “¿Es una bruja?”. Alzo la vista hacia ella de nuevo, maravillada, y por un instante soy como una niña en Disneylandia o en un show de circo.

-Ahora, ¡Fuera de mi vista! No responderé a más preguntas. -el hechizo que ejercía sobre mí se rompe, y yo vuelvo a ser yo- ¡Buena suerte encontrando vuestro árbol! Lo más probable es que vuestro lobo os encuentre a vosotros antes de que tengáis tiempo de tan siquiera buscarlo... - en su cara se dibuja una media sonrisa traviesa, y suelta una risita más propia de su edad que nada de lo que haya hecho hasta ahora.

¿Nuestro...? Una intuición repentina hace que me suba las mangas de nuevo, ambas esta vez. Ahí está, en mi brazo derecho. Un árbol de la cereza.

Alguien ve mis tatuajes, y decide copiarme.
Pronto ya todos se han subido las mangas y se miran los tatuajes entre gritos de sorpresa ahogados. Un lobo en la izquierda, un cerezo en la derecha, todos en un patrón invariable de semejanza y todos diferentes entre ellos.

Levanto la vista hacia la extraña adolescente que dice ser creadora de La Isla, y me dirige una sonrisa de aprobación combinada con una de sus enigmáticas miradas llenas de inteligencia.

Mientras sus ojos permanecen clavados en los míos, su voz resuena en mi mente: “Papel, Samantha... Todo esto es de papel. Ahora estás en un reino de letras.”

Entonces da un salto increíblemente ágil, y antes de que pueda tocar el suelo en lo que habría sido una perfecta caída en cuclillas, Sam Umi Kuchiki desaparece.

No la había creído hasta ahora, pero oigo a una loba aullar a lo lejos, y algo en mi interior se despierta. ¿Espera, como he sabido que es una loba?

Algo me dice que sus aullidos no los captan mis oídos, sino otra cosa más profunda.

Decido ponerme en marcha. La Isla me espera.


EPÍLOGO

Estáis a la altura, y Sam lo sabe. Por eso os ha dado un hogar. Para vosotros no todo es blanco o negro, suicidas. El Cielo y el Infierno no sirven para vosotros.

¿Queréis saber a dónde van las almas cuando la luz que hay en ellas se consume por completo? A la misma negrura sin fin de la que nacieron. O ahí es a dónde iban hasta que Sam creó La Isla para ellas. Las almas que van al Cielo llevan la luz celestial en su interior dese su nacimiento hasta su muerte. Aquellos destinados al Infierno ven reflejadas en el espejo sus llamas desde el momento en el que se condenan. Y las llamas también iluminan. Pero los suicidas son criaturas que han perdido toda luz, y Sam no quería que sus almas se perdieran.

¿Sabéis lo que es un suicida, humanos? Deberíais, porque sois la raza suicida por excelencia. Un suicida es un hombre que ha sacado las tinieblas de lo más hondo de su alma y ha recuperado la oscura esencia de cualquier cosa viva entre la confusión que la luz puso en su interior. Algún día tal vez lleguéis a oír esa historia. Sam la conoce, la conoce muy bien. Para ella, la luz y la sombra son los únicos dioses que existieron jamás.

Un suicida es alguien que supo reconocer la muerte cuando la halló en sí mismo, y lejos de temerla, la liberó.

Esa es la única manera de abrir el Portal a La Isla: rendir homenaje a su creadora. Negar a la luz su control. Sacrificarse a tu sombra interior y volver al lugar de dónde toda alma viene: la negrura infinita. Las profundidades dónde la primera sombra despertó.

Pero como ya he dicho, la indicada para contar esa historia es Sam.

Tal vez en otra ocasión.



*****

Twitter oficial del proyecto Neminis Terra: @neministerra
Blog oficial del proyecto: http://reivindicando-blogger.blogspot.com/
Anterior relato: "Jugada", de Nova Grosvenor
Link del blog donde se publicará el próximo relato: http://thesandsofthetime.blogspot.es/