A
Jay, con amor todavía. A estas alturas aún espero que, estés donde
estés, no sea La Isla.
“Todos
los mundos nacen de las tinieblas y todos terminan de la misma forma.
El corazón no es diferente. (...) Como puedes ver, la oscuridad es
la verdadera esencia de los corazones.”
-Ansem
El Sabio, Kingdom
Hearts 1
RUMBO
A LA ISLA
No
siento miedo. Si no fuera por un cierto alivio que va rellenando el
espacio vacío que la sangre va dejando en mis venas, diría que no
siento nada. Cierro los ojos en la bañera ensangrentada, sólo un
instante. No quiero perder la consciencia antes de que me llegue mi
hora. Cuando vuelvo a abrirlos, sólo me rodea un inmenso bosque de
cerezos que cubre toda esta isla en la que parezco hallarme. Más
allá, el océano. Nada más. Está lloviendo, y hace tanto frío que
el aire huye de mis pulmones y se me escapa en densas volutas de vaho. Comienzo a caminar, sin dirección alguna, y descubro que
algunas partes del terreno, las más altas, están cubiertas de hielo
y nieve, y carámbanos y estalactitas cristalinas copan los árboles
en flor. Algo me dice que los cerezos de este bosque jamás dan
fruta. Los lobos campan a sus anchas y aparecen de entre la niebla
cuando menos me lo espero para saludarme en silencio. Resuenan sus
aullidos, pero sólo a lo lejos. Ahorcados se mecen aquí y allá. No
en vano es esto un bosque. Todo lo demás es silencio, tanto que
puedo oír el flujo de mi propia sangre por mis venas rasgadas. Mi
corazón late, imparable pero cansado, y, con cada vez que palpita,
no me hace sentir más cerca de la muerte. No, eso me tranquilizaría.
En cambio, cada latido me recuerda que estoy dolorosa e innegablemente
viva.
Pero
no importa, porque sé que, muy pronto, yo también me meceré en la
brisa de La Isla. Y, cuando mi cuerda se pudra, seré pasto de los
lobos.
He
cruzado el Portal.
Prólogo
Abro
un ojo. Pero a mi alrededor solo percibo una negrura
inescrutable.
Alzo
mi mano y enciendo una cerilla. No llevaba la cerilla en la mano, no
tenía una caja en el bolsillo. Simplemente, siguiendo algún extraño
instinto, extiendo los dedos y, al realizar con mi muñeca el rápido
gesto con el cual rascas una cerilla para encenderla, una cerilla se
enciende en mi mano.
Una
de las muchas voces en mi interior grita por encima de todas las
demás que esto no es algo que ocurra en el mundo en el que siempre
he vivido.
Estoy
muerta. Se hace el silencio entre las voces. Ya no es necesario que
esta grite.
Estoy
muerta. Estás muerta, Samantha, me dice la única voz que puedo oír
a este lado. ¿Tal vez por fin me haya encontrado a mí misma?
Mi
cerilla se extingue entre mis dedos.
Me
parece extraño lo denso que es todo. ¿Estoy debajo del agua? Pero
acabo de encender una cerilla. Bajo el agua no es posible encender un
fuego. Al menos, en el mundo de los vivos. Decido impulsarme hacia
(lo que mi intuición me dice que es) arriba, en la completa
oscuridad, a través de la extraña materia que me rodea. Casi parece
que la negrura se haya materializado y formado esta especie de
líquido denso y salado.
Me
extraña no necesitar respirar desesperadamente, no sentir miedo. Los
seres vivos necesitan, los seres vivos respiran y sienten miedo, me
digo.
Pero tú ya no estás viva.
I:
¿Lo llamamos renacer?
Al
final terminé por emerger. Miré hacia el cielo. Tan cubierto y
oscuro que las nubes, en lugar de vapor, parecían plomo en estado
gaseoso. Me di cuenta de que efectivamente, estaba en el agua. Era un
día de bastante oleaje, en un océano turbio a juego con el
firmamento, de una tonalidad brillante que me recordó a las joyas de
azabache y plata que mi abuela solía coleccionar.
Algo
iba mal. Yo había estado aquí antes. Yo conocía este olor. Como
impulsada por un resorte, me giré y miré a mis espaldas.
La
Isla. El hielo, los acantilados, los cerezos, los aullidos. Todo era
real. Estaba en La Isla. No era solo un delirio de moribunda. No
necesité decidir. Mis brazos eligieron por mi, y cuando terminaron
de impulsarme hacia el acantilado entre las olas, comenzaron a
escalar. Sin prisa, pero sin pausa. Sin dolor. Pero a medio camino
hacia arriba noté movimiento a mi alrededor por el rabillo del ojo,
y mi propia conciencia retomó el control, y me detuve para mirar
ambos lados.
Eran
los suicidas. Estaban por todas partes. Y todos estaban escalando,
como una de esas hordas de zombies de las películas. También vi a
algunos nadar. Pero lo que más me impresionó es que si te fijabas
bien, no tenían la más remota semejanza con los zombies de las
películas. Tenían un objetivo, una determinación indestructible.
Algunos lo celebraban, muchos dejaban escapar exclamaciones de júbilo
y se ayudaban entre ellos. Agitaban los puños en el aire, reían,
aullaban a coro con los lobos.
Lo
habían conseguido y ahora eran libres.
Y
yo también. Lancé mi cabeza hacia atrás, y aullé hasta que no
quedó ni un poco de aire en mis pulmones, ni una sola cadena en mi
mente que me atara a la cordura, a las normas del mundo que había
conocido antes. Ahora estaba en La Isla. Entonces, recuperé la
concentración y continué escalando con una sonrisa en mis labios
que cualquiera fuera de este lugar habría calificado como
“maníaca”.
II:
No estáis solos
Llego
a la cima y echo una ojeada a mi alrededor; todos parecen sentirse
tan fuertes y tan libres como yo. Invencibles, eso somos. Todos
tenemos mucho en común, y se nota. Con medias sonrisas de
complicidad y triunfo nos miramos unos a otros, nos entendemos sin
palabras.
Los
renegados del reino de los vivos tenemos nuestros propios dominios, y
nos encantan. Turbios, oscuros, fríos, perfectos... un poco para
todos los gustos. Ahora mismo se ven mucho más brillantes y
primaverales que en mi visión, sin embargo. En fin. A juzgar por la
incandescencia que veo en lo más hondo de los ojos de todos mis
nuevos vecinos, no creo que en esta tierra exista el pecado.
De
repente, me apetece fumarme un cigarro.
Sé
que a ninguno de ellos les importa lo más mínimo el cáncer de
pulmón. “Si te mata, que te mate. Tanto mejor.”
O
al menos así habrían sido en vida.
III:
¿Pastillas? ¿Sangre?
Alguien
golpea apremiantemente mi hombro con su dedo.
-Disculpa,
eh, oye, perdona. Oyee. -me giro y veo a un chaval que será un par
de años menos que yo. Ojos de color azul, pelo oscuro, más bien
largo y un poco grasiento. No demasiado alto, vestido totalmente de
negro, con pantalones de deporte y zapatillas de skate
demasiado anchas y muy desgastadas.
-¿Hola?
¿Te has perdido o qué? -El mocoso este me acaba de cortar el rollo
por completo. Al verme, su expresión ha cambiado: ahora me mira con
cierta displicencia.
-Ts.
¿Y tú que haces aquí? Tienes una pinta de estirada que no puedes
con ella. ¿Que fue? ¿Pastillas?
-Me
rajé las venas, gilipollas. ¿Sorprendido? Apuesto a que te
desmayarías si vieras la escena. ¿Y tú qué? A ver, demuéstrame
cuán valiente eres.
-Un
tiro. Un tiro en el costado. No era plan de traumatizar a la abuela
con bañeras llenas de sangre. Muy dramático para mi gusto.
-Menudo
payaso.
-No
me gustas,...
-Samantha.
Me llamo Samantha.
-...Samantha.
-¿Pues
sabes qué? Tú tampoco me gustas a mí, Ángel. -el nombre salió
solo de mi boca.
-¿Cómo
sabes mi nombre?
-Tienes
una cara de Ángel que no puedes con ella. - Le espeté. Luego me di
la vuelta y dejé de malgastar mi tiempo con él.
III:
Tinta
Supongo
que siempre puedo preguntarle a alguien más que no sea la inútil
esta. Esta chica me irrita. Pero el orgullo siempre me gana la
batalla, y está decidido a que sea yo el que diga la última
palabra. Mi mano salta y aterriza alrededor de su muñeca,
impidiéndole alejarse.
-Espera,
necesito preguntarte algo. -ella se gira con un movimiento exasperado
de su larga melena rubia.
-Dispara.
-hace una pausa y me mira con unos ojos pardos llenos de cinismo- ¿Lo
pillas? ¡Dispara! Há.-ignoro la referencia a mi muerte
autoinfligida y me subo la manga izquierda.
-¿A
ti también te ha... salido, por así decirlo, un tatuaje? - le
muestro el dibujo en mi antebrazo, y ella lo observa con atención.
Un lobo. Ignora mis cicatrices por completo, se centra en la tinta.
Por supuesto, las cicatrices inconfundibles que deja la autolesión no
impresionan a ningún suicida.
Entonces
ella también se sube la manga.
Ninguna
cicatriz. Ni siquiera se chutaba nada, como muchos de los que he
visto subir a la par que nosotros, juzgando por las apariencias.
Solamente un lobo, pero el suyo es diferente. Levanta la mirada y sus
ojos encuentran a los míos. Ya no queda en ellos ni rastro de su
arrogancia de hace unos momentos. Sólo pánico contenido.
-Ángel,
yo no me he tatuado esto.
-Yo
tampoco, qué quieres que te diga.
-¿No
entiendes la gravedad del asunto? ¿De dónde han salido? ¿Crees que
somos los únicos que los tienen? ¿Qué significan?
-Estás
muerta. ¿Tanto te importa? - supongo que la miro como si estuviera
loca mientras me encojo de hombros y me giro para continuar andando.
Bah. Ya me ha dicho lo que quería saber.
IV:
La Casa Del Sol Naciente
Aquí
estamos todos. Reunidos en la Casa del Sol Naciente. Por supuesto, la
Casa del
Sol
Naciente no es ninguna casa, solamente un claro en el bosque donde
las ramas de los árboles que lo bordean se han trenzado para formar
una curiosa cúpula. Pero la misteriosa chica que nos ha conducido
hasta aquí y que ahora está sentada sobre una rama balanceando sus
pies calzados con unos botines negros de cordones sobre nuestras
cabezas la ha llamado “la Casa Del Sol Naciente”, así que supongo
que ese es su nombre.
-A
ver, atendedme, atendedme todos. Bienvenidos a La Isla. Mi nombre es
Sam, y soy el Santa Claus de todos los suicidas. ¡La Navidad os ha
llegado temprano este año, chavales! En lugar de ir al Infierno, os
toca pasar toda la eternidad aquí, en mi pequeña creación
literaria. Limbo particular, por cortesía de Sam Umi Kuchiki. - da
un par de palmadas a la rama en la que está sentada, mientras barre
la estancia con sus ojos castaños oscuros brillantes del orgullo y
delimitados de oscuridad inescrutable. Después sacude su ondulada
melena negra con resolución y dice...- ¿Preguntas?
Un
clamor de voces se erige entre los presentes en cuestión de
segundos.
-Pero
seréis desagradecidos... - nuestra anfitriona suspira resignada
mientras niega suavemente con la cabeza. - A ver, tú. -señala hacia
Ángel- Dime qué te pica.
-¿Cuáles
son las normas? ¿Y la organización política? ¿Quién manda?
-Estáis
de suerte. A diferencia del Cielo y del Infierno, en mi Isla el trono
está desierto. Claro está que podría haberme autocoronado, ya que
todo lo que veis a vuestro alrededor es puramente obra mía, -el
orgullo en su voz se acentúa- pero... Sería una pena que unas
mentes tan fascinantes como las vuestras tuvieran que someterse a
nadie. Sois plenamente libres. Lo único que no se os permite es
alterar mi creación. Por lo demás, en La Isla ni siquiera las leyes
de la física se aplican. Ya sabéis lo que dicen algunos ineptos en
el mundo del que provenimos... “Si puedes soñarlo, puedes
hacerlo”. Pues bien, me he tomado el privilegio de hacerlo realidad
para vosotros. Adelante, comprobadlo. - Levanta una mano, y sopla
entre sus dedos. Lo que parece una rosa blanca surge en su mano. - Lo
de soplar es solo por darle un toque efectista, por cierto. - Guiña
un ojo con complicidad. - Os está permitida la destrucción de
cualquiera de vuestras creaciones o las de vuestros semejantes, pero
no dañar el paisaje o las criaturas de mi Isla. ¿Queda claro? - y
mientras dice estas palabras va rasgando la rosa con sus dedos en
pequeños pedacitos. Luego sopla de nuevo, y una lluvia de miles de
trozos de papel cae sobre nosotros. Miles. Tantos que parece una
nevada. Muchos más de los que había en la cuenca de sus manos. Me
quedo mirando fascinada como esta nieve de papel cae despacito
hacia el suelo, y una pregunta me cruza la mente “¿Es una bruja?”.
Alzo la vista hacia ella de nuevo, maravillada, y por un instante soy
como una niña en Disneylandia o en un show de circo.
-Ahora,
¡Fuera de mi vista! No responderé a más preguntas. -el hechizo que
ejercía sobre mí se rompe, y yo vuelvo a ser yo- ¡Buena suerte
encontrando vuestro árbol! Lo más probable es que vuestro lobo os
encuentre a vosotros antes de que tengáis tiempo de tan siquiera
buscarlo... - en su cara se dibuja una media sonrisa traviesa, y
suelta una risita más propia de su edad que nada de lo que haya
hecho hasta ahora.
¿Nuestro...?
Una intuición repentina hace que me suba las mangas de nuevo, ambas
esta vez. Ahí está, en mi brazo derecho. Un árbol de la cereza.
Alguien
ve mis tatuajes, y decide copiarme.
Pronto
ya todos se han subido las mangas y se miran los tatuajes entre
gritos de sorpresa ahogados. Un lobo en la izquierda, un cerezo en la
derecha, todos en un patrón invariable de semejanza y todos
diferentes entre ellos.
Levanto
la vista hacia la extraña adolescente que dice ser creadora de La
Isla, y me dirige una sonrisa de aprobación combinada con una de sus
enigmáticas miradas llenas de inteligencia.
Mientras
sus ojos permanecen clavados en los míos, su voz resuena en mi
mente: “Papel, Samantha... Todo esto es de papel. Ahora estás en
un reino de letras.”
Entonces
da un salto increíblemente ágil, y antes de que pueda tocar el
suelo en lo que habría sido una perfecta caída en cuclillas, Sam
Umi Kuchiki desaparece.
No
la había creído hasta ahora, pero oigo a una loba aullar a lo
lejos, y algo en mi interior se despierta. ¿Espera, como he sabido
que es una loba?
Algo
me dice que sus aullidos no los captan mis oídos, sino otra cosa más
profunda.
Decido
ponerme en marcha. La Isla me espera.
EPÍLOGO
Estáis
a la altura, y Sam lo sabe. Por eso os ha dado un hogar. Para
vosotros no todo es blanco o negro, suicidas. El Cielo y el Infierno
no sirven para vosotros.
¿Queréis
saber a dónde van las almas cuando la luz que hay en ellas se
consume por completo? A la misma negrura sin fin de la que nacieron.
O ahí es a dónde iban hasta que Sam creó La Isla para ellas. Las
almas que van al Cielo llevan la luz celestial en su interior dese su
nacimiento hasta su muerte. Aquellos destinados al Infierno ven
reflejadas en el espejo sus llamas desde el momento en el que se
condenan. Y las llamas también iluminan. Pero los suicidas son
criaturas que han perdido toda luz, y Sam no quería que sus almas se
perdieran.
¿Sabéis
lo que es un suicida, humanos? Deberíais, porque sois la raza
suicida por excelencia. Un suicida es un hombre que ha sacado las
tinieblas de lo más hondo de su alma y ha recuperado la oscura
esencia de cualquier cosa viva entre la confusión que la luz puso en
su interior. Algún día tal vez lleguéis a oír esa historia. Sam
la conoce, la conoce muy bien. Para ella, la luz y la sombra son los
únicos dioses que existieron jamás.
Un
suicida es alguien que supo reconocer la muerte cuando la halló en
sí mismo, y lejos de temerla, la liberó.
Esa
es la única manera de abrir el Portal a La Isla: rendir homenaje a
su creadora. Negar a la luz su control. Sacrificarse a tu sombra
interior y volver al lugar de dónde toda alma viene: la negrura
infinita. Las profundidades dónde la primera sombra despertó.
Pero
como ya he dicho, la indicada para contar esa historia es Sam.
Tal
vez en otra ocasión.
*****
Twitter oficial del proyecto Neminis Terra: @neministerra
Blog oficial del proyecto: http://reivindicando-blogger.blogspot.com/
Anterior relato: "Jugada", de Nova Grosvenor
Link del blog donde se publicará el próximo relato: http://thesandsofthetime.blogspot.es/
Tengo el retorcido placer y honor de ser el primero en comentar. ¿Qué puedo hacer? ¿Qué puedo decir? Limitaré mi exaltación a felicitarte por una entrada de mucha calidad, breve y concisa, que espero que sea continuada por otras muchas. Qué traviesa, esta Sam, ¿qué clase de perversiones tendrá en mente?
ResponderEliminarLocas reverencias.
P.S.: Por cierto, he quedado encantado con esa ruptura de la cuarta pared.
Es un orgullo que tu valoración preceda a ninguna otra, y me ilusiona que sea tan favorable. Gracias de todo corazón, Loco Cósmico.
ResponderEliminarUn abrazo salado,
海♡
P.S.: Sé qué un intelectual de tu calaña y tan especial como tú comprende el modo en el que ninguna pared contendrá a un océano.