La dama oceánica

sábado, 15 de noviembre de 2014

Dejar la espina clavada en la herida

«Nunca te entregues ni te apartes, junto al camino, nunca digas 'no puedo más y aquí me quedo'.»

No me arranqueis la espina, grito. No me arranqueis la espina. Dejad a la espina estar, pues es memoria imborrable y dolorosa de que hubo días en los que caminaba sobre campos de rosas. Aunque a cada paso que doy me desangre un poquito más, no me arranquéis la espina. Mientras tenga espina tendré pruebas, mientras haya espina, las rosas seguirán siendo reales. Mientras haya espina, sabré que hubo rosales.

Si me quitáis la espina, decidme qué me queda más que el vacío y el saber que es invierno y los campos de rosas no volverán (por mucho que vuelva la primavera).
Por qué, por qué solté la rosa en cuanto me pinchó la espina, en lugar de aferrarme a ella. Si el daño estaba hecho, por qué correr, por qué huír. Al menos ahora sangraría rojo sobre el rojo campo, y no rojo sobre el gris de estas calles estrañas, sobre el hielo blanco de estas carreteras, sobre la noche negra que no se acaba.

Quiero volver a casa con mis rosas, pero la casa y las rosas están quemadas. Lo he quemado todo por una estúpida espina, y me arrepiento.

Pero...

«Tú no puedes volver atrás, ... »

Ya sabéis cómo acaba.

海♡


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