La dama oceánica

jueves, 23 de abril de 2015

El ahogado

Mientras mis pulmones se llenan de agua dulce y mis ojos se inundan de agua salada, mientras las fuerzas imparables que dominan nuestro universo me arrastran hacia las profundidades, mientras observo mi mano extendida desaparecer por encima de mi consciencia, y veo que los últimos rayos de sol se desvanecen fuera de mi alcance, no siento nada en especial.

Siempre he oído a la gente comentar que ahogarse debe de ser una muerte horrible: sofocante, desesperada, angustiosa, desapacible. Una asfixia lenta y agonizante.

Pero yo no sufro más en mis últimos momentos de lo que sufrí cada hora de mi vida.

Llevo demasiados años ahogándome como para notar la diferencia.


海♡

miércoles, 22 de abril de 2015

Vamos a dejar algo claro de una vez por todas

No escribo porque se me dé bien,
que no.
No escribo porque tenga mucho que decir,
que eso tampoco.
No escribo para que la gente me elogie,
que ya me gustaría que lo hicieran.
No escribo por costumbre 
uno jamás se acostumbra a escribir.
No escribo porque me sobre el tiempo 
más bien es al revés.
No escribo porque una voz de los cielos susurre a mi oído las palabras 
de hecho, se busca musa trabajadora y ordenada.

Escribo por vivir.
Escribo
porque puedo.
Escribo,
simplemente,
porque tengo que escribir.

海♡

Un árbol florece sobre los tejados: 村上 春樹 (Haruki Murakami) #PGLiteratos



Introducción - 村上 春樹 と私を (Haruki Murakami y yo)


Haruki Murakami tenía 29 años y era dueño de un local de jazz llamado Peter Cat en Tokyo el día que comenzó a escribir. Asistía como espectador a un partido de béisbol en el estadio Jingu cuando, nada más ver al jugador americano Dave Hilton batear un doblete, se dio cuenta, sin más, de que entre sus infinitas posibilidades (bendito sea el libre albedrío), se encontraba escribir una novela.




Esa  misma noche, Haruki Murakami comenzó a escribir Oye Cantar Al Viento, novela que sería publicada en Japón apenas un año más tarde. Hoy mismo (exactamente trece novelas, cuatro colecciones de relatos, tres obras de ensayo y un relato corto más tarde), a golpe de 22 de abril de 2014, con sesenta y seis años a cuestas, probablemente se haya pasado escribiendo por lo menos cuatro horas desde que ha amanecido; y corriendo, a saber cuántas.





Si me preguntaran por qué Haruki Murakami es mi escritor favorito, o casi, seguramente diría que es porque, sin lugar a dudas, este hombre nacido al otro lado del mundo, exactamente cincuenta años y treinta y seis días antes que yo, me entiende. Este hecho me resulta fascinante; misterioso, y a la vez, revelador.  No me ha visto, no me ha tocado, no me conoce, y me ha cambiado para siempre. También porque compartimos muchas cosas, entre ellas las que siguen: un afecto irracional hacia los gatos de toda clase, color, y forma; un gusto refinado en lo que a música clásica se refiere; la afición de correr; y una dedicación infinita a desentrañar los secretos de todo aquello que suele considerarse  ordinario. Tengo tantas, tantísimas cosas que preguntarle...





TORMENTAS DE TIEMPO Y ARENA

Me siento frente a la ventana. Observo el amplio semi desierto que se extiende frente a mi casa, veo mi coche, aparcado a la sombra del cobertizo. Algún que otro arbusto por aquí y por allá. A lo lejos, otras casas, muy similares a la mía. Seguramente antes hubiera trigo entre esos otros humanos y yo, o tal vez maíz. O vete tú a saber que otro cultivo. Pero ahora, nada. Ahora vacío, tierra seca, toneladas y toneladas de arena. Todos los libros que me leí antes de mudarme aquí no exageraban: en las grandes llanuras del centro de Norteamérica, importa poco si estás tres mil kilómetros más al Sur o al Norte. No tienen fin. Escapar es complicado.

Sé lo que se me viene encima, estoy preparado, ya no siento miedo o anticipación.

"Viajará desde el polvo al polvo del que nació, vivirá la muerte, y volverá."

Ese era yo. No comprendí la profecía que aquella extraña mujer me había adjudicado hasta que llegué a este lugar, y no creí en ella hasta que me vi envuelto en mi primera tormenta de arena.

Tendría alrededor de treinta y tres años y dos meses. Estaba sentado bebiendo té verde en la cocina cuando el viento comenzó a soplar, endiablado, en ese espacio tan extraño para los que estamos dentro: afuera. No es ninguna novedad que el viento sople, me dije. Me levanté, y para amortiguar el molesto sonido del vendaval, puse un vinilo al azar en el tocadiscos. Era afortunado de tener un tocadiscos: pertenecía a mi tío, el que antes vivía en esta casa. Lo compró al poco tiempo de que se comercializaran en el mercado, calculo que debió de ser alrededor de 1928. Cuando él murió y yo me mudé, nadie se molestó en llevarse nada, asíque yo aproveché la excusa para empezar a coleccionar discos. Por aquel entonces ni tan siquiera sospechaba que sería el aparato viejo de mi tío y mi extraña recopilación de óperas, conciertos, y demás música clásica europea, la que salvaría el cuello a mi cordura cuando al otro lado del cristal rugieran las tormentas. El caso es que puse un disco cualquiera y volví a sentarme, esta vez en la butaca del salón, la taza pegada a mi mano como si yo y el té verde ya demasiado templado fuéramos uno solo. En el tocadiscos comienzan a sonar las primeras notas del prólogo de Dido y Eneas, de Purcell.

Desde ese día, no pasó el tiempo. A este lado del cristal, el tiempo se paró en seco.

Yo viví, durante décadas, dentro del reloj de arena.

Al otro lado de las ventanas de mi casa, la vida seguía, la muerte se impuso, las tormentas de polvo jamás cesaron. Escuché en la radio que toda Europa había entrado en guerra, y que nuestro ejército tuvo que intervenir. Me pregunté si Jakey se habrá presentado voluntario para viajar a Normandía. Muy típico de mi hermanito: matarse defendiendo una libertad que no pertenece a nadie.

Pero yo seguía teniendo aproximadamente treinta y tres años y dos meses.


Fue el dieciséis de febrero del año mil novecientos noventa y nueve cuando por fin me decidí a salir al exterior. Asíque me puse mi mejor traje, impoluto como el primer día que me lo había puesto, más de medio siglo atrás. Me quedaba como un guante. No había engordado ni un gramo. Cogí las llaves del coche, agarré el pomo de la puerta, y la abrí, muy despacio.

El mundo no se tronzó en mil pedazos, como tal vez algo en mi interior esperaba. Me dí cuenta de que estaba aguantando la respiración. Tomé una bocanada de aire cautelosa. Nada. El mundo seguía ahí, el campo seguía ahí, el coche seguía ahí. Nada había cambiado. El mundo se veía exactamente igual que desde adentro, exceptuando el muy superior grado de claridad. Me doy cuenta de cuán sucios están los cristales de mis ventanas, tras años y años de tormentas de arena. Pero tampoco me importa mucho. No creo que vuelva.

Mi gato Hackoo se cuela entre mis piernas y olisquea el aire. Debe de tener al menos sesenta y tantos años, pero él tampoco ha envejecido ni un poco desde la primera tormenta.

Se me ocurre que, seguramente, en cuanto cruce la línea del horizonte, mi oasis en el tiempo desaparecerá. Tal vez debería traerme a Hackoo conmigo, pienso en ese instante. ¿No es curioso como en los momentos más cruciales la trivialidad suele ser protagonista?

Podría volverme adentro es el siguiente pensamiento que cruza mi mente. Pero es demasiado tarde.

No podemos desver un mundo que ya hemos visto.

海♡


domingo, 19 de abril de 2015

Samantha

En ocasiones, he de admitirlo, me canso de ser espectadora y me aventuro tímidamente (aunque no por ello de manera menos espectacular) bajo los focos. Pero normalmente hallo, muy a mi disgusto y contrariedad, que tengo poco que decir, y que no sé como decirlo. Al minuto me harto, y suelto el micrófono, frustrada.

Soy una chica sin voz.

Puede que un conocido o dos entre el público den palmas y sonrían, puede que alguna me diga que me quiere, puramente porque en lo más hondo de su corazón, sabe que esto es de buena persona. Y seguramente lo sea, me digo. Casi seguro que es buena persona. Pero me apoya a medias tintas.

Ella no tiene la culpa de que yo sea una chica sin voz.

Asíque tal vez uno esperaría que a estas alturas ya me haya acostumbrado a que nadie reclame mis talentos, a que el público jamás coree mi nombre, a que no me saquen nunca una mísera fotografía. Carezco de color, no tengo firma, no dejo rastros en la arena.

¿Quién va a escuchar a una chica sin voz?

Haciendo inventario de verdades se me clava un hecho en el corazón: yo soy lo único que evidencia la existencia de un yo, y cuando yo desaparezca, seré olvidada, pues la única capaz de recordar a la chica sin voz es Samantha, la chica sin voz.

No tengo nada que ofrecer exceptuando un desmesurado hueco envasado al vacío. Apuesto a que si tuviera voz, aquí dentro, la oscuridad se tragaría todos y cada uno de sus impersonales ecos.

Pero no hay de qué preocuparse, porque justamente esa voz es lo que no tengo.


海♡

sábado, 18 de abril de 2015

Necesidades básicas de la gaviota que camina sobre arena

Dedicadme una sonrisa inesperada,
un corazón de papel arrugado en una papelera,
una sopa de letras demasiado salada que os quema la lengua.
Dedicadme un sueño incomprensible,
un segundo al día,
un rayo de sol que os deje con las ganas.
Dedicadme una flor tímida cualquiera,
un árbol de hoja caduca ya seco,
dedicadme un café aguado en un vaso de cartón.
Pero, por lo que más queráis, dedicadme algo.

Dedicadme una respuesta al azar en un examen,
una camisa a cuadros nueva,
un rayazo en ese maldito coche que por poco no os atropella.
Dedicadme esa estrella pequeñita que os hace pensar si será real o de mentira,
una bolsa de té ya fría,
una etiqueta antigua aún pegada a una maleta.
Dedicadme tantas, tantísimas horas de ausencia,
dedicadme una nostalgia, una soledad vieja,
dedicadme una lágrima de vuestro dolor por otro, aunque sea.
Pero, por lo que más queráis, no me dejéis pasar sin dejar huella.

海♡

martes, 14 de abril de 2015

No preguntéis a un gorrión cómo las águilas planean

Unmoved — she notes the Chariots — pausing
At her low Gate —
Unmoved — an Emperor be kneeling 
Upon her Mat —

I’ve known her — from an ample nation — 
Choose One —
- Emily Dickinson -


Recuerdo un acontecimiento de años atrás que me marcó para siempre. Un encuentro conmigo misma, una salida de la crisálida.

Recuerdo a una mujer preguntarse cuándo un gorrión ha podido comprender a un águila.

Recuerdo miles de bandadas de gorriones enfurecidos, sus pechos poco profundos consumidos, susurrar contra tal ofensa. Pero la única que estaba en pie era ella.

Recuerdo no comprender qué ofensa habían hallado los gorriones en la expresión de un águila incomprendida. Y de repente, todo se volvió claro.

Tú eres un águila, descubrí. Yo soy un águila. Y si alguien no me entiende, es porque es un gorrión. Y si no tengo bandada, es pura naturaleza: las águilas planean solas en las alturas inalcanzables, las elevan otros vientos, otras nubes amparan su soledad, otras lunas se reflejan en sus pupilas negras.

Y recuerdo, oh, recuerdo con total claridad el día que te conocí a ti.

El día en que el viento por fin me arrastró hacia otra águila imperial.

No tuve miedo, como te habían temido todos los gorriones que te habías encontrado por el camino. En cambio, reconocí mis zarpas desgarradoras en tus propias armas despiadas, mi pico demasiado afilado en tu boca depredadora, mis ansias de volar hasta Betelgeuse en tus alas.

Y me enamoré, como se enamoran las águilas imperiales: de un modo perfecto para un corazón.

No tengamos hijos, me dije. Tengamos un Imperio.

Y tú me sonreíste, como medio escondiendo tu alma desconfiada. Pero a pesar de todo, supiste que un día me llamarías emperatriz, y que las estrellas nos tendrían envidia, y que nunca más tendría que sufrir tratando de mantenerme al paso insostenible de los gorriones, porque ahora tenía un águila con la que hacer círculos sobres sus cabezas pequeñas y despreocupadas.

Este, me dirías, es nuestro reino. No hay montaña lo bastante elevada como para que no podamos observarla desde las alturas. No hay copa de árbol en la que no podamos construír nuestro nido más seguro, no habrá acantilado que nuestras plumas de oro no hayan erosionado.

No habrá gorrión, no habrá gorrión, que no conozca nuestro nombres, emperador.

海♡