
Introducción - 村上 春樹 と私を (Haruki Murakami y yo)
Haruki Murakami tenía 29 años y era dueño de un local de jazz llamado Peter Cat en Tokyo el día que comenzó a escribir. Asistía como espectador a un partido de béisbol en el estadio Jingu cuando, nada más ver al jugador americano Dave Hilton batear un doblete, se dio cuenta, sin más, de que entre sus infinitas posibilidades (bendito sea el libre albedrío), se encontraba escribir una novela.
Esa misma noche, Haruki Murakami comenzó a escribir Oye Cantar Al Viento, novela que sería publicada en Japón apenas un año más tarde. Hoy mismo (exactamente trece novelas, cuatro colecciones de relatos, tres obras de ensayo y un relato corto más tarde), a golpe de 22 de abril de 2014, con sesenta y seis años a cuestas, probablemente se haya pasado escribiendo por lo menos cuatro horas desde que ha amanecido; y corriendo, a saber cuántas.
Si me preguntaran por qué Haruki Murakami es mi escritor favorito, o casi, seguramente diría que es porque, sin lugar a dudas, este hombre nacido al otro lado del mundo, exactamente cincuenta años y treinta y seis días antes que yo, me entiende. Este hecho me resulta fascinante; misterioso, y a la vez, revelador. No me ha visto, no me ha tocado, no me conoce, y me ha cambiado para siempre. También porque compartimos muchas cosas, entre ellas las que siguen: un afecto irracional hacia los gatos de toda clase, color, y forma; un gusto refinado en lo que a música clásica se refiere; la afición de correr; y una dedicación infinita a desentrañar los secretos de todo aquello que suele considerarse ordinario. Tengo tantas, tantísimas cosas que preguntarle...
TORMENTAS DE TIEMPO Y ARENA
Me siento frente a la ventana. Observo el amplio semi desierto que se extiende frente a mi casa, veo mi coche, aparcado a la sombra del cobertizo. Algún que otro arbusto por aquí y por allá. A lo lejos, otras casas, muy similares a la mía. Seguramente antes hubiera trigo entre esos otros humanos y yo, o tal vez maíz. O vete tú a saber que otro cultivo. Pero ahora, nada. Ahora vacío, tierra seca, toneladas y toneladas de arena. Todos los libros que me leí antes de mudarme aquí no exageraban: en las grandes llanuras del centro de Norteamérica, importa poco si estás tres mil kilómetros más al Sur o al Norte. No tienen fin. Escapar es complicado.
Sé lo que se me viene encima, estoy preparado, ya no siento miedo o anticipación.
"Viajará desde el polvo al polvo del que nació, vivirá la muerte, y volverá."
Ese era yo. No comprendí la profecía que aquella extraña mujer me había adjudicado hasta que llegué a este lugar, y no creí en ella hasta que me vi envuelto en mi primera tormenta de arena.
Tendría alrededor de treinta y tres años y dos meses. Estaba sentado bebiendo té verde en la cocina cuando el viento comenzó a soplar, endiablado, en ese espacio tan extraño para los que estamos dentro: afuera. No es ninguna novedad que el viento sople, me dije. Me levanté, y para amortiguar el molesto sonido del vendaval, puse un vinilo al azar en el tocadiscos. Era afortunado de tener un tocadiscos: pertenecía a mi tío, el que antes vivía en esta casa. Lo compró al poco tiempo de que se comercializaran en el mercado, calculo que debió de ser alrededor de 1928. Cuando él murió y yo me mudé, nadie se molestó en llevarse nada, asíque yo aproveché la excusa para empezar a coleccionar discos. Por aquel entonces ni tan siquiera sospechaba que sería el aparato viejo de mi tío y mi extraña recopilación de óperas, conciertos, y demás música clásica europea, la que salvaría el cuello a mi cordura cuando al otro lado del cristal rugieran las tormentas. El caso es que puse un disco cualquiera y volví a sentarme, esta vez en la butaca del salón, la taza pegada a mi mano como si yo y el té verde ya demasiado templado fuéramos uno solo. En el tocadiscos comienzan a sonar las primeras notas del prólogo de Dido y Eneas, de Purcell.
Desde ese día, no pasó el tiempo. A este lado del cristal, el tiempo se paró en seco.
Yo viví, durante décadas, dentro del reloj de arena.
Al otro lado de las ventanas de mi casa, la vida seguía, la muerte se impuso, las tormentas de polvo jamás cesaron. Escuché en la radio que toda Europa había entrado en guerra, y que nuestro ejército tuvo que intervenir. Me pregunté si Jakey se habrá presentado voluntario para viajar a Normandía. Muy típico de mi hermanito: matarse defendiendo una libertad que no pertenece a nadie.
Pero yo seguía teniendo aproximadamente treinta y tres años y dos meses.
Fue el dieciséis de febrero del año mil novecientos noventa y nueve cuando por fin me decidí a salir al exterior. Asíque me puse mi mejor traje, impoluto como el primer día que me lo había puesto, más de medio siglo atrás. Me quedaba como un guante. No había engordado ni un gramo. Cogí las llaves del coche, agarré el pomo de la puerta, y la abrí, muy despacio.
El mundo no se tronzó en mil pedazos, como tal vez algo en mi interior esperaba. Me dí cuenta de que estaba aguantando la respiración. Tomé una bocanada de aire cautelosa. Nada. El mundo seguía ahí, el campo seguía ahí, el coche seguía ahí. Nada había cambiado. El mundo se veía exactamente igual que desde adentro, exceptuando el muy superior grado de claridad. Me doy cuenta de cuán sucios están los cristales de mis ventanas, tras años y años de tormentas de arena. Pero tampoco me importa mucho. No creo que vuelva.
Mi gato Hackoo se cuela entre mis piernas y olisquea el aire. Debe de tener al menos sesenta y tantos años, pero él tampoco ha envejecido ni un poco desde la primera tormenta.
Se me ocurre que, seguramente, en cuanto cruce la línea del horizonte, mi oasis en el tiempo desaparecerá. Tal vez debería traerme a Hackoo conmigo, pienso en ese instante. ¿No es curioso como en los momentos más cruciales la trivialidad suele ser protagonista?
Podría volverme adentro es el siguiente pensamiento que cruza mi mente. Pero es demasiado tarde.
No podemos desver un mundo que ya hemos visto.
海♡

Buah. Buah. Buah. No puedo respirar, en serio. Me ha enamorado esto. Nunca he leído a Murakami —no me pegues—, pero, joder, qué ganas tengo de leerlo ahora mismo. «En ese espacio tan extraño para los que estamos dentro: afuera». Buah. Es brillante. Eres brillante, vaya. Magnífico. Me ha encantado, de verdad. Casi nunca había leído nada tuyo, así que quizá esté aún más sorprendido por eso. Es un homenaje muy distinto, y en fin.
ResponderEliminarNada, no me enrollo más. Enhorabuena por este relato :)
¡Un beso!
Étincelle
¡No logro expresar la alegría que me provoca tu entusiasmo, Étincelle! Creo que eres probablemente la primera persona que no me conoce personalmente a la que toco aunque sea un poquito con mis palabras. Muchas gracias, y espero que sigamos disfrutando nuestros escritos mutuamente. ¡Pónteme a leer a Murakami ya mismo!
EliminarUn abrazo salado;
La dama oceánica, 海♡
Vaya, me sorprendiste bastante. Siempre -desde que te conozco, un día- he pensado que eras más poetisa que escritorcilla. Sin embargo me ha sorprendido la fluidez del relato, me encanta.
ResponderEliminarUn abruzo.