Para Em, porque me cogió de la mano,
me cubrió con su cálida capa negra como un tizón,
y ya no estuve sola en mi rincón oscuro.
Allí estaba yo, sentada en mi rincón oscuro. Miles de palabras y textos arremolinados en mi mente. Miles de imágenes desorganizadas. Una pila infinita de libros, arrapiñados durante años en distintos lugares, un fajo de pergaminos cubiertos de frases y dibujos sin terminar, y un par de viejas plumas usadas hasta la saciedad eran mis únicos compañeros. El resto de la sala estaba oscura. Así, noche tras noche, con mi pequeña llama iluminando la tosca mesa de madera, viví bajo la luna en mi habitación oscura durante meses.
Yo no era como mis amigos, no era como mi familia. Ellos no entendían. Para ellos la literatura era belleza, para ellos era un pasatiempo, o una forma de transmitir historia.
Para mí era oxígeno. Asíque allí me pasaba las noches y los días, en mi rincón. En una sala oscura.
Aquella noche, como siempre, me rasgaba las entrañas en un intento vano de sacar algo en limpio de mi joven mente confusa que valiera la pena poner en tinta sobre papel, cuando alguien vino a tocar a mi puerta. Me sorprendí, me sorprendí mucho. Nadie tocaba jamás a mi puerta. Vivía sola. Crucé la habitación y miré a través de la mirilla. Al otro lado, solamente oscuridad. Me encogí de hombros.
Pero entonces oí una voz que (habría jurado) provenía del mismísimo corazón de la noche.
"Abre la puerta, por favor. Es importante"
Intrigada, corrí el cerrojo, y empujé la pesada puerta de roble hasta que estuvo abierta de par en par.
Nada. Solo oscuridad.
-Qué demonios...?
De pronto, una llama blanca surgió de la nada, a escasos treinta centímetros de mi nariz. Di un respingo y retrocedí un poco. La llama comenzó a crecer cada vez más y más, poco a poco. Tras la sorpresa inicial, me aproximé a observarla más de cerca. Nada ardía. Simplemente había una llama de color blanco flotando y crepitando frente a mi puerta. Una llama que estaba alcanzando unas proporciones preocupantes. Reculé hacia el interior de mi pequeña casita de madera. Empezaba a asustarme. La llama era ya más alta que yo.
Y de repente, ¡puf! El fuego se extinguío en un santiamén y un humareda blanca se elevó hacia el cielo nocturno entre las pequeñas casas de madera y piedra de los alrededores, por encima de los tejados de paja de la ciudad.
Ante mi se materializó una dama joven con ademán noble y mejillas redondas y rosadas, vestida de negro de pies a cabeza, con un sombrero picudo de ala ancha, un gato gris a sus pies, y lo que en la oscuridad me pareció un pulpo azulado posado sobre su hombro izquierdo. Un pulpo, pensé. Ridículo. Los pulpos necesitan agua marina para respirar.
Y entonces un hecho me atropelló como un carruaje a todo galope. Era una bruja. Una bruja de verdad. Una bruja de verdad acababa de materializarse frente a mi puerta. El corazón me dió un vuelco de la emoción.
La bruja soltó un par de toses. Yo esperé extasiada a que dijera algo. Se sacudió la falda, se colocó el sombrero, y entró, sin más. Me hice a un lado para dejarla pasar. Se sentó en mi silla, en mi rincón, y comenzó a revolver mis borradores. Parecía ignorar mi presencia por completo. Yo me quedé ahí de pié, mirándola atónita.
-Ejem. - carraspeé- Esto, señora bruja, yo...
Cuando apenas había dicho esto, se giró y me miró, la sorpresa pintada en sus ojos pardos.
-Oh, vaya, hola, Sam. Esto, yo... - miró alternativamente a los pergaminos en su mano y hacia mi, plantada de pie junto a la puerta abierta. - Perdona.
Se levantó, dejó todo en su sitio. Caminó hacia mi, y sus botas de tacón repiquetearon sordamente en el suelo de tierra. Se paró a escasos centímetros de mi cara de estufacción, y comenzó a escrutinar mis facciones e inspeccionarme sin ningún disimulo, mientras asentía para si misma.
-Mira, Sam, mi nombre es Aphania, y efectivamente, soy una bruja. Soy una bruja blanca que vive en el bosque al norte de la ciudad, y tienes que venirte conmigo ahora mismo.
-¿Aphania? ¿Oscuridad en griego?
La bruja pegó un respingo.
-Ala, si que lees para una chica pobre, y de tu edad. Sí, Sam, oscuridad en griego. Pero puedes llamarme Emily. Ese es mi nombre humano.
-Y, ehm, esto, Emily, ¿que haces aquí?
-He venido a buscarte. Te necesitamos. y tú nos necesitas a nosotros. No dejaremos que te pudras en este rincón oscuro. Venga, sígueme. No tenemos mucho tiempo.Además, el resto están ansiosos por conocerte. Me han oído hablar mucho de tus habilidades.
-¿Habilidades? ¿Qué habili...? - pero ella, con la misma, me agarró con sus elegantes manos blancas, me echó su capa negra como un tizón sobre los hombros, y me vi engullida por la oscuridad.
海♡
Son tantos los sentimientos que fluyen en mí ahora mismo que no sabría qué decirte, mi queridísima Sam. Me ha encantado, ha sido... precioso. Cuando te pedí que me escribieses algo, no imaginaba semejante oda ni por asomo, y ahora estoy que no quepo en mí de felicidad. Nunca pensé que me vieses de ese modo, no como a una bruja, y mucho menos como a una especie de salvadora, me siento muy muy muy halagada... De verdad, estoy a punto de estallar - y no está bien visto en las bibliotecas, te parecerá bonito -. Mis más sinceras felicitaciones, sigue escribiendo, por favor. Me gusta visitar tu Isla de vez en cuando.
ResponderEliminarUn frío beso,
Emily
Post scripta: Me he enamorado del pulpito, que conste en acta.
¡Me alegra que te gustara! La verdad es que me da la sensación de que es un texto demasiado sencillo, pero sinceramente, no me veo capaz de dedicarte algo que estuviera a la altura de lo que tú representas. Gracias por todo, Em. Espero poder escribir pronto la parte II.
ResponderEliminarUn abrazo salado de la dama oceánica,
海♡