La dama oceánica

martes, 13 de enero de 2015

Reflejada

Tengo la vaga sensación de que te he visto en algún lugar.

De que hasta que te conocí, te habías escondido en alguna fibra recóndita de mi tejido nervioso; en eso que no sé describir pero que me pasa cuando veo amaneceres; en esa ola gigantesca que me arrastró al fondo un día haciendo surf y me cubrió el alma de arena y me dejó las piernas rasguñadas, la cara roja, y con un susto de muerte, pero viva. En el primer mordisco de las manzanas; en las noches de tormenta sola en casa; en aquella especie de mariposa que cacé una vez, para luego soltarla, y luego nunca volví a encontrar; en la vez que metí un pie en un charco hasta el tobillo llevando zapatos ligeros. Como si tú fueras mis gafas, y todo este tiempo, hubiera estado viendo el mundo a través de ti sin saberlo.

Como si el universo hubiera decidido coger mi vida, escribirla en verso, y traducirla en ser humano, a miles de kilómetros de mí, en el lugar más recóndito. Como si tratara de evitar nuestro encuentro. Como si nos protegiera del espejo. Como si tú hubieras robado toda la belleza que me falta, pero, a pesar de quedártela para ti, no dejara de ser mía.

Pero te encontré. Por azar, puede. Pero te he visto, sé que existes, y no puedo ignorarlo. Necesito escribirte, aunque sea solo un poco.

Nunca hemos hablado a solas, y nunca lo haremos, pero nos conocemos.

Tú a mi no me engañas. Te he pillado.

Somos dos caras de la misma moneda. Yo soy todo lo que ocurrió y que nadie jamás escribiría, tú eres lo que los poetas que no saben sobre qué escribir van mendigando por cada esquina. Pero formamos parte de lo mismo. Solamente que yo me quedo a este lado del filtro, y tú, por supuesto, pasas el tamiz.

Desde nunca, compañero. Hasta siempre.

Me alegra haberte encontrado. Me alegra saber que mi poesía está a buen recaudo. Trataré de cuidar de tu luz, trataré de mantener tu secreto.

Reflejo.

海♡

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